Vuélveme a contar un cuento.

Hoy damos la bienvenida al invierno oficialmente y él nos responde con un despertar nevado. Ayer di por terminada la lectura del libro «Storytelling», del que ya hablé a lo largo del fin de semana, y hoy actualizo con nuevas ideas.

Hemos sido invitados al cambio en el “nuevo orden narrativo”, en el que el estándar en comunicación ha pasado de ser medido en palabras a ser medido en caracteres, exactamente 140. Si la tendencia que se venía siguiendo era la de incluir entre los equipos de campañas políticas a expertos en publicidad y marketing, hoy estamos dando una vuelta más de rosca y se contratan “community managers”, expertos en medios online, analistas en reputación en red… es cierto que el mundo offline no se ha dejado de lado, pero las posibilidades que está brindando internet al storytelling necesitan de un alto grado de especialización en el medio que, en menos tiempo del que pensamos, se convertirá en el medio por excelencia. No sólo permitirá una mayor difusión de las distintas historias que empresas, marcas, políticos y gurús nos quieran contar; sino que podremos contarles, como espectadores / consumidores, nuestras propias historias, que las escuchen, las atiendan y, si son inteligentes, las usen en su propio beneficio.

Pero un abusivo uso de este “arte de contar historias”, una mala interpretación por parte de la audiencia son algunas de las contraindicaciones que tiene esta herramienta de comunicación. Se produce un efecto “desenfocador” de la realidad, nos la muestra, nos la relata pero no la vemos nítidamente. Acabamos siendo oyentes y espectadores de una realidad distorsionada y modificada hacia los deseos de unos cuantos. Es por eso, que debemos ser conscientes del storytelling y ser críticos, no conformarnos con “historietas” fantásticas, dialécticas cautivadoras o cuentos idílicos que nos cautiven como a niños. No. Como consumidores de mítines, blogs, periódicos y resto de historias de nuestra vida cotidiana, tenemos y debemos preguntarnos qué hay detrás de ellas, y si realmente sacamos un beneficio o cubren nuestra necesidad, dejarnos cautivar por ellas. Si nuestra necesidad no es cubierta, será momento entonces de que cambien las historias, ya que si una cosa nunca cambia es “que el cliente siempre tiene la razón”.

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